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Esquiando en el Valle de Tena

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Esquiando en el Valle de Tena

No es por presumir, pero siempre se me han dado bien los deportes. Siempre me gustaron más que los libros y de pequeño ya tenía claro que prefería estar al aire libre que bajo el techo de un aula.

Mi relación con el esquí empezó tarde, pero de una manera intensa. Debía tener 19 o 20 años cuando hice mi primer viaje con amigos a la estación de Pas de la Casa en Andorra.

No me había calzado unos esquís en la vida, pero no tenía miedo. Aunque lo tuviera no podía mostrarlo, tenía que impresionar a la chica que me gustaba, así que, para empezar, no se me ocurrió otra cosa que aceptar el envite de empezar en una pista roja.

Por suerte mis amigos me enseñaron de la forma que a mí siempre me pareció más práctica, haciendo una especie de trenecito.

No podía desaprovechar esa oportunidad.

Me puse detrás de Susana, me agarré a su cintura y empezamos a descender haciendo la casita. 

Nunca se me olvidará esa primera bajada, por la compañía, por la mezcla de esa sensación de miedo, velocidad y atracción, y por supuesto, por algún que otro revolcón inesperado (y deseado) en la nieve.

A partir de ahí tuve que arreglármelas sólo, y con ayuda de algunas clases, mucho empeño y bastante inconsciencia juvenil, terminé la semana siguiendo la estela de Susana, con innumerables caídas, pero siguiendo su ritmo.

Después de ese viaje, las subidas a Navacerrada y a Valdeski se hicieron más constantes y se intercalaban con algún viaje más largo a los Alpes Franceses.

Mis primeros tiempos esquiando en el Valle de Tena

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Y de repente, después de un par de revolcones en las pistas negras de la vida, me veo viviendo en el Valle de Tena, trabajando en un alquiler de esquís, y pudiendo llevar a cabo el sueño de cualquier aficionado a este deporte; poder esquiar prácticamente a diario, sin colas, con las pistas casi, casi para mí sólo, con forfait de temporada gratis y pudiendo elegir los esquís que quisiera cada día.

¿Os lo podéis imaginar? Yo tampoco podía y aun así, lo hice.

Fueron varios años increíbles en los que pude disfrutar al máximo de la nieve probando todas las modalidades, esquí, snow, esquí de travesía o Telemark.

Seguramente habréis escuchado muchas veces a gente explicando esa sensación de esquiar por nieve virgen abriendo huella, -parece que vas flotando,- es verdad, es algo increíble. Yo solo tenía que esperar a que despejara después de unos días de nevadas para volver a flotar, una y otra vez.

Sin embargo, yo siempre he sido más de velocidad. Para mí, pocas cosas se pueden comparar con bajar por una pista a primera hora de la mañana, con la nieve recién pisada, sin gente, como alma que lleva el diablo y carveando de lado a lado, clavando bien los cantos y tumbando como si fuera Marc Márquez.

Eso sí, la velocidad es lo que tiene, cuando de repente pierdes el control ya puedes empezar a rezar. 

Me caí muchas veces y tuve mucha suerte, nunca me pasó nada. Tengo grabadas un par de esas caídas, cuando pierdes el control y vas rebotando por la pista como una bola de billar descontrolada chocando contra todas las bandas.

En una de ellas recuerdo a unos chavales desde la silla, haciendo comentarios que no voy a reproducir aquí y preguntándome, bastante angustiados, si estaba bien. Menos mal que llevaba casco…

Tuve que hacer como los corredores de formula 1, levantar el pulgar para indicar que estaba vivo para que se les pasara el susto. Decidí dar por finalizada la jornada y el susto tardó en pasarse un buen rato más.

A pesar de los golpes, la sensación de deslizarse montaña abajo controlando en (casi) todo momento la velocidad, la posición y el ritmo son recuerdos que no solo permanecen en la memoria sino que también quedan grabados en el subconsciente para siempre y por mucho tiempo que pase, nunca se olvidan.

Si lleváis tiempo esquiando y queréis probar algo nuevo, os recomiendo intentar el Telemark. Esta modalidad proporciona una mayor sensación de libertad al no tener el talón fijado al esquí y con unas pocas indicaciones no tardas en coger la técnica.

Y hablando de sensación de libertad, si sois de los que huyen de las aglomeraciones que se forman en el valle en temporada alta, hay un pueblecito a 6 km de Biescas, Betés de Sobremonte, donde hay un maravilloso escondite para pasar unos días de esquí alejados del mundanal ruido y desconectar escuchando su maravilloso silencio.

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