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¿Qué tiene la montaña?

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No se que tiene la montaña, pero algo tiene…

No sé qué tiene la montaña, pero algo tiene…

Mi primer contacto con ella fue de bien pequeñito, los Scouts formaban parte de las actividades del colegio y allá que fui, siguiendo la estela de mi hermano mayor.

Con algunos de mis hermanos en un campamento de los Scouts

Foto del inicio de una gran tormenta.

En algún lugar de la sierra de Madrid…

El resultado, numerosas salidas a la sierra de Madrid, unas veces a dormir, otras a pasar el día, campamentos de verano…., en definitiva empezar a disfrutar de esa sensación de libertad con tus amigos y sin la supervisión paterna.

Una de las cosas que se me quedo grabada en la mente de una de aquellas excursiones es el poderío de una buena tormenta.

Si me preguntáis dónde fue, no sería capaz de decirlo, recuerdo que era una excursión cualquiera de un fin de semana cualquiera y que el plan era algo así como hacer una ruta, acampar un par de días y a casita.

Lógicamente, para llegar al sitio donde plantar nuestras tiendas, primero había que hacer una buena caminata y con 9-10 años, todo parece más de lo que en realidad es.

El caso es que, cuando ya llevábamos lo que nosotros podíamos considerar un buen rato andando, el cielo empezó a nublarse, la lluvia hizo acto de presencia y los truenos empezaron a retumbar encima de nuestras cabezas. 

No es fácil describir una buena tormenta, sobre todo con los ojos de un niño de 10 años, no lo recuerdo como una mala experiencia, pero si recuerdo pensar, joder, no tengo ni idea de cuanto queda, de dónde estoy, está anocheciendo y no se ve ni se le espera, una zona llana donde montar las tiendas y, además, estamos todos igual, así que lo mejor será arrimar el hombro….

Al final todo salió bien, encontramos un sitio donde acampar, acabamos calados hasta los huesos y nos acurrucamos en las tiendas a pasar la noche sin mayores consecuencias, pero esa tormenta se quedó grabada en mi memoria por dos cosas, la fuerza de la naturaleza y la importancia de la amistad.

Años más tarde, en otra excursión, en mi primera visita a los Pirineos, también con el colegio aprendí, como sólo la montaña sabe enseñar, la importancia de respetarla.

En esta ocasión se trataba de un recorrido de dos semanas por las principales rutas el macizo. De nuevo esa sensación de libertad como protagonista, aún más afianzada debido a la revolución interna que todos vivimos con 17 años. Si a eso le añades una rebeldía muchas veces confundida con temeridad, el resultado no podía ser otro.

En una de esas excursiones que hacíamos mientras teníamos las tiendas montadas en algún prado cercano, íbamos descendiendo por un estrecho sendero de montaña de esos que van haciendo zig-zag para evitar la pendiente, cuando tuve lo que yo pensaba era una idea brillante, ¿por qué no acortamos haciendo como los esquiadores, dando saltos de un lado a otro para ahorrar metros?

Como podéis imaginar esta es una conversación que en ese momento tenía yo solito conmigo mismo, y cuando te aventuras a hacer algo sin conocer las consecuencias, pueden pasar cosas, y el caso es que pasaron… 

Me gusta el riesgo, aunque no soy un loco, así que empecé con cautela para ver qué pasaba y no me fue mal, de repente me veía adelantando posiciones en la fila de a uno que se había formado, pero claro, la inconsciencia es lo que tiene, y en una de esas el equilibrio me la jugó, perdí el ángulo, me fui hacia adelante y empecé a coger velocidad, hasta que inevitablemente me empotré de morros contra unas piedras que, por supuesto ni se inmutaron.

El resultado, los dos piños superiores partidos, uno de cuajo y el otro a la mitad y múltiples heridas y arañazos en la cara y manos. 

 

Digamos que la montaña y yo hicimos un pacto por el cual ella me regalaba su amor, sus paisajes, sus vistas y la posibilidad de guardarlos bien profundo en mi memoria, a cambio de mis dientes delanteros.

Aparte del susto, que todavía de vez en cuando revivo en sueños, recuerdo el orgullo herido y un pensamiento lapidario que salió de mis entrañas, “por gilipollas”, pero también recuerdo la solidaridad de mis amigos y la cara de mi hermano mayor que, mucho más prudente que yo, decidió que no diríamos nada hasta llegar a casa para no preocupar a mis padres. 

Casas rurales en Biescas

Una vez en casa, me fui lamiendo las heridas con ayuda del dentista y el tiempo, que lo cura todo, y ahora con los años, me alegro de que esa experiencia no me generara rechazo o miedo a la montaña, sino todo lo contrario, mucho respeto a la vez que cierta conexión con ella, al fin y al cabo, mis piños se quedaron allí para siempre. 

Yo respeté el pacto que hice con la montaña y cuando muchos años después volví en busca de mí mismo, a un pequeño pueblo del Valle del Tena, supe que la montaña también había respetado el suyo y que gracias a esa ofrenda en forma de “piños” me daba de nuevo la bienvenida.

Ahora tengo un pequeño escondite donde puedes también encontrarte a ti mismo y donde puedes sellar tu propio pacto con la montaña.

También puedes ir simplemente a pasar unos días rodeado de un silencio ensordecedor que te ayudará a escucharte mejor a ti mismo.

Contacto

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