...

Seguir escuchando…

Sus hermanos no le preocupaban.
Su padre estaba controlado.

Sabía que a primera hora saldría de casa para pasarse un par de horas corriendo
por el monte como si fuera una cabra.

El problema era mamá.

Después de recoger entre todos el desayuno, a mamá le gusta salir a la terraza a tomarse el café mientras lee un libro tomándo el solecito.

Con sus hermanos de caza, su padre corriendo por la montaña y su madre enfrascada en la lectura, tenía el tiempo suficiente para llegar hasta donde cambió su vida justo 11 meses y 25 días atrás.

«Haaaasta luego Mami». África lo dijo lo más rápido que pudo para que su madre no le sometiera a un interrogatorio y a la misma velocidad que salían las palabras de su boca, se movían sus finas piernas.

«…uidado….» es lo último que escuchó África de su madre mientras subía la cuesta que lleva a la salida del pueblo, antes de pasar por los únicos columpios que hay.

Tenía mucha prisa, estaba deseando comprobar si seguía en el mismo sitio

Trujita, la pequeña teckel de pelo duro, primera integrante de la familia, no se separaba de África, y esta vez no fue distinta. Salió corriendo detrás de ella conocedora del gran secreto, y dispuesta a proteger a África de lo que fuera necesario.

El corazón de la pequeña se aceleraba con cada paso, esta parte del camino de subida siempre le costaba un poco, pero con las ganas que tenía, ese día la subió casi dando saltos de piedra en piedra.

Tenía que darse prisa porque en cuanto volviera su padre de correr, iban a ir o al Saldo a comer de bocatas o a Lanuza a darse un baño en el lago. El Saldo molaba más, pero había que andar un rato y a África siempre se le hacía una eternidad, pero cuando llegaba se le olvidaba todo el camino. El impresionante salto de agua siempre la maravillaba y la dejaba sin palabras hasta que alguno de sus hermanos la salpicaba desde la poza que se forma donde muere el salto.

A los chicos les gustaba más ir a Lanuza porque podían saltar al agua desde alguna piedra cercana, nadar hasta el centro del embalse y volver echando una carrera que siempre ganaba el mayor que todavía era más fuerte que su hermano pequeño. Además, sabían que después de pasar la tarde en el lago, podían acercarse a Sallent donde seguro que podían comer algo rico mientras su madre y su hermana paseaban por los puestos del mercado buscando algo que llevarse de recuerdo o un dulce que llevarse a la boca.

Los últimos metros antes de llegar al lugar donde todo ocurrió permanecían exactamente igual y África los recordaba perfectamente. A partir de este punto había que desviarse un poco del camino y sin hacer mucho ruido avanzar lentamente en dirección a la roca que quería ser un árbol.

Allí sucedió todo…

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